Mostrando entradas con la etiqueta Fco. Javier Pérez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fco. Javier Pérez. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de enero de 2013

Retro Josefina... por Fco. Javier Pérez


RETRO JOSEFINA
            por
Fco. Javier Pérez
 
—He perdido la memoria a corto plazo, y por eso ahora sólo puedo luchar por construirme otra vez desde abajo —dice Josefina,
                                                ovillándose en el centro matemático de esta habitación demasiado estrecha como para reunir aquí a más de media docena de resacosos subproductos de la fiesta de anoche, de techo demasiado bajo como para albergar cómodamente al tiempo a más de cinco convalecientes por la abducción alienígena.
Sabe que a sus hijos aún les importa cualquier cosa que tenga que decir. Recuerda poco, pero la punta de iceberg de un refrán que su madre solía recitarle aún se empeña por asomar a través de la superficie acuosa y refractaria de la primera hora de la mañana: a veces basta con abrirse de piernas, cerrar los ojos y dejarse follar hasta que llegue la noche.

A pesar de las apariencias, esta estancia no es una unidad de recuperación para el postoperatorio, ni un módulo de residencia; aquí las obscenidades en susurros y el hedor corporal se vuelven artificiales al neón rojo de su nombre
[JO-SE-FI-NA, parpadeando, carmesí, rosa pálido]
                                                                                                , la iluminación viene dada por la vibración de su anatomía hecha supercuerdas. Josefina es una ladrona de cuentas brillantes para fabricar collares de plástico y otra quincalla.
Suele entrar en las tiendas de material al por mayor para manualidades y entremeterse en las bragas y el refajo rombos de cristal traslúcido, pequeños cilindros de falso cuarzo y monedas diminutas de fino plástico dorado. En la habitación, al desnudarse, el botín queda esparcido por el suelo y replica los destellos de ella misma, lluvia rápida de luz, bola de espejos vuelta del revés.

—Me marea la capacidad que tienen hoy en día de dar piruetas y vueltas y vueltas y vueltas, simplemente para contar que han visto a un hombre morder a un perro —reniega
entre dientes
                        mientras lee las noticias en los posos del café que le ha salpicado las líneas de la mano izquierda. Ya nadie llama por teléfono. No tan a menudo como solían, cuanto menos. Ya nadie más que ella resuena en el interior de la habitación dentro de su cabeza, en la sala de espera de la nave espacial de su demencia.
Está sola, rodeada de todos estos amigos sin nombre ni forma que ha inventado para poblar su hueco contexto inmediato. Estos a los que imagina atiborrándose de porquerías dulzonas y fingiendo que ella, su hacedora, no está aquí con ellos; fingiendo que cada cena es cena de nochebuena; fingiendo sin vergüenza ninguna que, a sus años, aún viven con mamá.

Se le han descantillado las uñas de tanto rascar el cemento de las paredes cuando la ansiedad aumenta un punto y la cámara acorazada de sí la asfixia. Momentos de lucidez, lo llaman, cada vez menos frecuentes. Hace demasiado frío como para desvestirse. La forma azul de su nombre le da las buenas tardes. Tiene ahora un par de charlas ligeras y anodinas con dos hombres que llevan ya varios años muertos y olvidados. Ha perdido la memoria a corto plazo y por eso ahora sólo puede luchar por construirse otra vez desde abajo.

Vierte un vaso. Estas horas de crepúsculo se cuentan en gotas de agua sucia llenando un vaso tras otro tras otro. Vierte el siguiente en una esquina donde la gravedad no aplica, y así el horario líquido decanta hacia arriba y se afila y se hiela. Josefina, amorfa
[y todo a media luz, pues…]
                                                                                                                        , se sienta en el trono de su cumpleaños olvidado, que podría ser cualquier fecha, haciendo una excursión de cuerpo astral para ir a ver a sus nietos.

Y baila la conga con sus nietos y con sus amigos invisibles.
No solía haber tanto tráfico en los viejos tiempos.
El número de vehículos ha ido doblándose exponencialmente desde sus amables años cincuenta y Josefina masca literalmente el peligro inherente a esta estupidez de dar saltitos en fila y estirar una pierna cada tres pasos al ritmo de una tonadilla ridícula,
[…un, dos, tres, ¡Conga!… un, dos, tres, ¡Conga!...]
                                                                                                                        serpenteando entre los coches, furgonetas y camiones que, gracias a Dios, están atrapados en un atasco de vuelta de vacaciones en esta autopista que viene de ninguna parte y va a quién sabe dónde.
Se abre de piernas y cierra los ojos y vuelve a estar en la habitación. 

—Toda la música que me gustaba se ha descolorido desde las puntas hacia dentro —susurra,
hecha un ovillo en el centro matemático de la habitación,
                                                                                                            haciendo que los espectros formen en forma de corazón, estableciendo una distancia de seguridad de pergamino condimentada de mal aliento matutino, partes perdidas que escuchan, fragmentos descascarillados pendientes de ella, esperando a ser engarzados, con suerte, en el collar de bisutería de un relato coherente que les cuente, que les haga, que les de entidad, fe torticera en la vieja Josefina, en su palabra.
            —Prometo hacerlo mejor la próxima vez —dice—. Porque habrá una próxima vez, ¿no? Construyéndome otra vez desde abajo… —se interrumpe.
                        —Picarón y vistoso, así debía ser el pasado —rectifica.
                                    —Lo que nos pasa, se repite y no se resuelve —dice.
                                                —Nostalgia…

Ninguna de las voces de Josefina
[ni la física ni la figurada, con la que se narra]
                                                son suyas, sino que pertenecen a una extraña otra repiqueteando en sus huesos como un sonajero: el sonido de una humanidad profunda negándose a no ser nada.




.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Stalag-23... por Fco. Javier Pérez


STALAG – 23
por
Fco. Javier Pérez


"La catástrofe histórica más profunda y más real, la que determina en última instancia la importancia de todas las demás, reside en la persistente ceguera de la inmensa mayoría, en la dimisión de toda voluntad de actuar sobre las causas de tantos sufrimientos, en la incapacidad de considerarlos siquiera lúcidamente.
Esta apatía va a resquebrajarse en el transcurso de los años venideros cada vez con más violencia por el hundimiento de cualquier forma de supervivencia garantizada. Y quienes la representan y la nutren, cultivando un precario statu quo de ilusiones tranquilizantes, se verán barridos. La emergencia se le impondrá a todo el mundo, y la dominación tendrá que hablar al menos tan alto y claro como los propios hechos. Adoptará tanto más fácilmente el tono terrorista que le conviene cuanto que contará con la justificación de realidades efectivamente aterradoras. Un hombre aquejado de gangrena no está dispuesto a discutir las causas del mal, ni a oponerse al autoritarismo de la amputación."

(Editorial en Encyclopédie des Nuisances nº 13, julio de 1988)

***

 Doctor Einstein, puede usted ser la bandera preñada por un satélite
            usted
puede girar dervichiano con la cadencia de la célula, vueltas y otra vuelta más y en trance. Puede ser el abceso en las esquinas a las afueras de la ciudad bombardeada hasta la saciedad de cimientos y cadáveres de hace mil siglos borboteando como historias enmudecidas por el telediario. Como una buena intención.
Doctor Einstein, puede usted saberse dios. Quizá saberse
            solo
de pena sola y a ras de noche, rindiendo toda resistencia pasiva a la Mujer Lobo que el viaje en el tiempo le ha servido en bandeja. Pero el caso es que cuando los convidados de piedra llegan a la fiesta que su hermana ha montado para usted, esa fiesta que le parecía imposible por estar llamada a realizarse por encima y un poco a la izquierda de la coordenada de tiempo tradicional, todo empieza y acaba a la vez,
            porque ha resultado
            que el tiempo no es una dimensión a sumar a las otras tres
            sino que tiene sus propias tres dimensiones
            es esférico, además
            y todo momento es ahora
            ¿No le jode, doctor Einstein? Que el único modo de comprobar que estaba errado y de paso revolucionar la percepción científica, sea durante una orgía con Mujeres Lobo vestidas con uniformes de las SS, gritándole en germánico marcial y obligándole a bajarse los pantalones y enseñar ese blancucho culito judío suyo que a continuación van a fustigar, taladrando el ahora con una descacharrante y sicalíptica melodía de Wagner versionada en directo por un grupo de Drone Metal —sus amplificadores a tal nivel de saturación que las andanadas de graves provocan encogimientos del diafragma en los turistas cosmonautas que le están fotografiando para desmitificación futura, incluso a través del cristal antibalas de la pecera, desde el observatorio de esta celda 23 en el Stammlager de la mente-sueño—
            y eso entre sus piernas
            esa erección
            podría usted ser esa erección, o esa erección ser suya sin culpabilidad indexada, y nadie se lo tendría en cuenta. Ni siquiera Oppenheimer. Todos hemos leído alguna vez, en alguna parte, que precisamente la culpa de lo que le está pasando, herr doctor, fue suya, de Oppenheimer y su convertirse en la muerte destructora de mundos, destructora de hímenes superdimensionales. El metacontexto aúlla.
            Puede ser esa cara vieja y simpática que saca la lengua,
            en los pósters en las habitaciones de ciertos estudiantes de física. Pero los anarquistas que ahora le tienen preso por mor de la posteridad, telegénica y pornográfica y secuaz y conspiranoica, no le ven así. No, no le ven así para nada. Que los telediarios de la segunda guerra mundial cuenten lo que quieran. Esto le está gustando.
            Otro golpe de fusta
            más
            pide
            más, pide más, otro golpe de fusta. En cinco segundos, hace cinco segundos, cuando esté a punto de eyacular en vivo sobre el suelo de cemento de su celda, piense en si también le gustaría ser uno de los espermatozoides que aquí acaban de morir. Piense en cuán poca gente se reconoce a sí misma que les atrae ver esperma en la pantalla porque les pone el asesinato. A lo Aleister Crowley: “cada mañana asesino a un millar de bellos y perfectos hijos nonatos”. Cuando las Mujeres Lobo de las SS le obliguen a arrodillarse y a enseñarle el trasero otra vez a la lente en la cámara de los turistas cadetes espaciales, cuando le obliguen a limpiar el semen del suelo con su lengua, sin tragárselo, para con él y en su lengua, la de usted, dar lustre a sus botas, a las de ellas, piense
            usted
            en si se puede estar más solo. Llore, si le apetece. Al cliente le satisfará. 

lunes, 12 de diciembre de 2011

Lorca Cagliostro, una divergencia... por Fco. Javier Pérez




LORCA CAGLIOSTRO, UNA DIVERGENCIA
por
Fco. Javier Pérez





1932. 7 de octubre, Día del Rosario®. Él y la morena guapa, la morena sur de sándalo polen de azahar en sus caderas de chico de tinta, paseando a la vera del río San Juan. Perfilados contra un paisaje generado por el algoritmo-tipo de noveno de primaria: la Gran Vía atestada en un compacto y zarco flujo de datos sobre cuatro ruedas con reflejos de sol en limpiaparabrisas. Entró una mariposa y, con ella, el anochecer, antes de que la pareja llegase al recodo donde Federico García, a los doce recién cumplidos, grabase sus iniciales y las iniciales de la morena en un olivo que luego modelarían con arcilla de tópico para crear la maqueta de otro escenario® (ver más adelante). Federico señaló a la mariposa. Hubo un salto de claxon cuando debería haber saltado una trucha, a la derecha, sobre la superficie del afluente calzada.
            —Resíguela —dijo Federico a la morena.
            —Va directa a aquella farola —precisó ésta, innecesaria. En tiempos menos convulsos, harían un Rosario® con los dientes de marfil de ella. A él le indultarían, por maricón, con las cuerdas de tela de su guitarra española empapadas en humor vítreo plomo en el pecho y metralla enamorada al llegar el cante a los oídos equivocados.
            Pero aquella tarde noche paseaban ajenos a los Heinkel H-111, sin enmarronarse en poesía erisiana, muriendo por los pecados de King-Kong sin querer cuando la mariposa, esquivando la luz halógena de la farola y torciendo en un remolino revoleo de polvo de hada (partículas elementales de duende), se posó al borde de la M mayúscula en la marquesina del cine COLISEUM y la morena, obediente, la resiguió, y Federico la resiguió con ella. Familias formaban a aquella impía hora frente a las puertas del que antaño había sido un teatro de autómatas, vociferando y blandiendo tacos de entradas de reventa que les hacían valedores de salvoconducto directo hacia la arena. La formación de abuelos y niños y padres a sacrificar en el foso del coliseo por mor de diversión circense.
            Ocupaban todos el centro de un paisaje generado al azar, decíamos. Y es que explicar la divergencia contradeciría al generador holográfico e intercambiaría aún más las épocas. El escenario Gran Vía-2009 se quedó como marco referencial, por tanto, de la paradoja temporal en las lentes compuestas de cientos de ocelos de la mariposa. Mirando desde lo alto. Jazmín. Jazmín en los receptores de sus antenas. Jazmín y una vibración sónica en el espectro entre 40 Hz y 1500 Hz:
            —…es por esto que no te adoro —estaba diciendo Federico García, formando un cuenco con ambas manos a la altura de la bragueta, a punto de sopesarse los cojones.
            —Pe-pero… —tartamudeó la morena—. Pasaría la vida entera contigo. Me gusta vivir a tu lado. Me gusta tu cuerpo, y tu espíritu, y tu ropa…
            Quejío. Mariposa en el tintero. Aburrimiento. Al correr dos puntos en el dial, corrió el escenario® como papel pintado al fondo. La mariposa estableció baliza con la que estabilizar el estereoscopio digital. Secuencia Uno-Tres-Ocho. Por la izquierda del diorama entraron los ninja, en tropel.
            La Gran Vía se paralizó en un atasco debido a la irrupción por discordancia. El río San Juan se estancó. Fluyó del revés luego un poco. Marcha atrás en el estereoscopio. A la criatura pubescente manipulando el dial ya no le interesaban tanto los deberes de clase como ser el ojo del tigre y, quizá, provocar una matanza con la que animar la lección de historia del siglo XX. Los sketches censurados del coliseo no satisfacían por completo su sed de violento circo de humanidad arrollada por el asaetear carne y sentimiento herido. Uno. Tres. Ocho.
            Arrancó el diorama otra vez hacia delante. Sentido occidental de lectura, de izquierda a derecha. El bioholograma García Lorca, Federico con la quijada rígida ante el quejío de la preciosa belleza sureña curvas de transportador de ángulos mordido por hierbabuena ensortijada y la mismísima luna envidiando el tergal de su cabello noctámbulo, retuvo dentro un suspiro de culpabilidad, pensó en sintechos frotándose las axilas con papel de periódico en gesto de aseo neoyorquino y trazó un paralelismo claro entre las imágenes mentales que le dejó sin saber qué decir. En el arranque, el poeta tomó conciencia de sí mismo durante lo que tardó en ajustarse el generador del estereoscopio entre los dedos enguantados de mocedad de la criatura que lo sostenía frente a él.
            En tropel, los ninja rodearon a la pareja, a Federico y la morena sacados a trompicones de su vuelta de paseo, exigiéndoles el cese de diálogo mientras formaban en círculo y en grotesca posturas marciales como la Grulla Sedente, las Cinco Estrellas de la Constelación Bambú, la Centella en Punta, Puño del Bonobo Sagitario, Técnica del Fuego Frío, Ataque Roboto… Y Federico y la morena, refugiados del chaparrón de ostias por llegar que se temían bajo la marquesina del COLISEUM (el estereoscopio mariposa superponía aún escenario® y Día del Rosario®), encasquillados en fina pared de lamentaciones, ignoraban al contingente de guerreros de la Mano Negra:
            —Déjalos, sólo odian la sombra del pájaro.
            —Está puesto en balanza: dos corazones a un tiempo: uno pidiendo justicia
y otro pidiendo venganza.
            —Trájilitrájili Trá…
            El más de un centenar de ninjas que colapsaban la Gran Vía cerraron el círculo un par de pasos. Tres pasos. Media docena de ellos blandían nunchakus, bokkens y Juttes. Uno estornudó, y el proyectil perdido disparado por accidente desde su cerbatana Fukiya trazó una parábola sobre García Lorca, y lo sobrepasó, y fue a clavarse en el cogote de un mensajero en bicicleta rotulado con fluorescentes en el papel tapiz del escenario®. La acción no llegaba a desatarse. Los ninja, por lo visto, contratados por la Inquisición Vampira, habían recibido el encargo de tomar preso al conde Alessandro di Cagliostro (Palermo, Sicilia, 2 de junio de 1743 – 26 de agosto de 1795; médico, alquimista, ocultista, Rosacruz y alto masón) y ahora, viendo de cerca al sujeto objetivo, se percataron del ardid al que habían sido arrastrados a base de plantar torpes trampas en los comandos de ejecución de su código fuente, cayendo en la cuenta de lo deslavazado de seguir con su contradictoria acometida, y entraron en un bucle hermético de error en su secuencia programática.
            El estereoscopio, que tanto en el fondo como en la forma era un artilugio específicamente diseñado para facilitar el estudio a distancia, desde casa, se empeñaba en no salirse un solo renglón de su función natural, cosa que desesperó sobremanera a la criatura indexada a él. Con el añadido de que el modelo que los profesores habían aconsejado a sus padres estaba capado para ceñirse a los contenidos recomendados por el Ministerio de Educación para la franja de edad en la que se encontraba el usuario. Así pues, para mayor irritación del chaval, el estereoscopio ejecutó una rápida búsqueda y puso a la mariposa en piloto automático, plegándola en la simulación por ordenador de un agujero de gusano para desplazarla instantáneamente desde la marquesina bajo la que el ataque ninja había quedado en pausa, a un nuevo escenario®: el bosque de olivos bonsái de troncos labrados con la firma del poeta en lo que sería la entrada en la maqueta del parque Federico Garcia Lorca, en el cruce de la Avenida del Tibidabo con la Avenida de Sant Gervasi (construcción prevista para el 2011), descontextualizado para adaptarse al tránsito por los remarcables hechos, transcribiendo en diapositivas tridimensionales ante el frustrante síndrome de déficit de atención de la criatura, que llevaron al conde de Cagliostro hasta la España del siglo XVIII.
            Cagliostro médico. Cagliostro nigromante. Cagliostro alquimista y creador de la Masonería Egipciana, entre 1780 y 1783, en Estrasburgo, bajo el ala superchera del cardenal-príncipe Rohan, gran limosnero de la corte de Versalles. Cagliostro no era de ninguna época ni de ningún sitio. Fuera del tiempo y del espacio su ser espiritual vivió su eterna existencia y si se hundió en su pensamiento remontando el curso de las edades, si tendió su espíritu hacia un modo de existencia alejada de aquel que vosotros percibís, llegó a ser el que deseó ... Juzgad sus costumbres, es decir sus actos, decid si ellas son buenas, si vosotros habéis visto otras de más potencia; entonces no os ocupéis de su nacionalidad, ni de su rango, ni de su religión. Cagliostro en el Compendio de monseñor Barberi, pero no era Cagliostro, sino una pupa larval previa a la kabbalah de la aún no Ciudad de la Luz: Giussepe Balsamo: "Un pleito, que tubo el Balsamo con un Paysano suyo en Madrid le dió ocasion de mandar à la muger, que recurriese à una Persona prepotente de aquel Gobierno; éste en medio de sus quehaceres quiso informarse de la muger por menudo de su estado; oido de ella todo el cuento, incluso la amistad del Viagero (léase el Marqués de Fontanar), le propuso, que lo habia de despedir, y en su lugar lo habia de admitir à él: rehusó aceptar el proyecto, y la tal Persona le replicó que quando ella quisiera su proteccion, no la encontraria. Se verificó el presagio; porque no pudiendo el Viagero resistir mas el atrevimiento del Balsamo, que siempre queria ya ropa, ya dinero, los abandonó. Vuelve entonces à la muger (que de todo había instruido al marido) y la manda à la tal persona del Gobierno, quien prefiriendo su decoro à las palabras de ella, y à las tentaciones la despidió. En medio de este abandono pasaron los dos Consortes à Lisboa." . La esposa de Cagliostro, a instancias de éste, solía vender, en Barcelona, el rojo de su pañuelo al Capitán General de Cataluña, don Ambrosio Funes de Villalpando Abarca de Bolea, conde de Ricla, primo del conde de Aranda, por "un doblon de á quatro ....  cada ocho días, que el marido la volvía á conducir á aquel lugar".
            1785. 23 de agosto, san Neón de Egea®. Los ninjas a sueldo de Versalles embocaron la esquina que Cagliostro acababa de doblar huyendo de ellos. Otra vez en la Avenida al Tibidabo, montaña de hechiceros. Cruces de filos al trote sobre el adoquinado, pasamontañas de lino verde muerte negro gitano cuando un reloj tocó las nueve menos cuarto en alguna parte (siquiera tenía por qué estar haciéndolo necesariamente en aquella capital mediterránea). Salitre amargo y pino sedimentando en el torso del médico mago, que deliraba con sombras de pájaro haciéndose hombre entre los falos de rascacielos que no se proyectarían hasta casi trescientos años después, corriendo y corriendo en pos de cinco o veinte cabezas más de ventaja que le permitiesen sacarse un último timbrazo de efecto de su sombrero de trucos. Hacerse humo de diamante, por ejemplo.
            La mariposa planeó y captó de cerca el cabalgar de la represión a lomos del escuadrón ninja. Implacables y tan veloces como es siempre la velocidad con que la madre tierra expulsa de su corteza magnetismo mediante a los sigilosos calzados con abarcas japonesas, tras la pista de aquel cuyo busto esculpió en mármol una vez Houdon, a quien Fragonard retrató en uno de sus más sobresalientes trabajos. Cagliostro corrió y corrió calle vacía tras calle vacía, que se cerraban en derredor y montaban trampantojos por los que la montaña parecía alejarse en lugar de acercarse. Calles vacías fue también lo que la lente de la mariposa captó. Calles vacías que excitaron la crueldad de la criatura al otro lado del estereoscopio. Luces de gas en la fábula gótica que acabó sustituyendo por inducción a la tarea encomendada presentar al día siguiente en clase. El examen pendiente ya no sobre romanceros sino sobre la caza del perro hombre vía crucis de armas extranjeras conformadas con la mitad muerto de vivo o muerto, y un trincharle la cabeza y afeitarle a la altura de la nuez como prueba de éxito. La tortura del engañabobos. Cagliostro, en carrera, fondón y desarreglado y con los faldones de los harapos de cortina con que se cubría aleteando tras él como dos capas cutres, ya no el atractivo seductor italiano de abúlicas, pastoras y demás damas con ínfulas, y para nada para aquellos trotes, se persignó al tintineo del collar estafado a Maria Antonieta y maldijo su estampa tres veces, como el moro loco le enseñó a hacer allá en el desierto de los mitos primigenios. Efectivamente se estaba alejando de la montaña. Yendo al centro de la ciudad por la línea recta de la magia negra atajo.
            ¿Qué?
El mozo del dedo en el gatillo de dial del estereoscopio iba a aprender una lección, después de todo. Ética. Que es sinónimo para la brujería cañí que borbotea en el ínterin del individuo y se retroalimenta del semejante al semejante y por el semejante. Escenarios® se fundieron y Cagliostro adquirió un registro de marca al atravesar gambando la aurora a pie de calle que se le cruzó por delante. Cagliostro® en Gran Vía-2009. Burló a su perseguidores cuando éstos, aliento en la nuca del alquimista, dieron de bruces con la soleá estática de pegamento de sus otros yoes pausados a las puertas del COLISEUM y acosando a un poeta moribundo de tensión homosexual. Mutismo pegado a alaridos y más de un centenar de estatuas en agonía de sal al quitar el ojo de la ruta del posicionador global de la línea temporal. La línea recta de la hechicería atajo tobogán por el que Cagliostro®, maestro, educador por las peores, pasó zumbando junto a García Lorca tocándose a saludo un sombrero de aire, porque no estaba allí, agradecido y, sí, un poco enamorado. Que Cagliostro® fuese embastillado y García Lorca® jodido en fusilamento y puesto a secar, acabó siendo irrelevante. La moraleja aquí reside en la línea del procastinar como ejercicio físico de rodeo para el eterno retorno. Línea recta de la continuidad y la cohesión. Nunca dos se cruzan en ella, criatura.




Fin.