lunes, 28 de abril de 2014

EL EVANGELIO SEGÚN MACONSHO


Por
Tony Fuentes



Un asesino múltiple sale de prisión tras haber cumplido su condena. Justo en el momento en que se cierra la verja, centenares de periodistas aparecen de la nada. Que es lo mismo que decir que tenemos periodistas asomándose por encima de los arbustos. Periodistas descolgándose de las copas de los árboles. Periodistas emergiendo de alcantarillas. Periodistas saltando de vehículos en marcha y rodando por el asfalto. Incluso podemos divisar a un periodista que desciende agarrado heroicamente a la escalerilla de un helicóptero.
“¿QUÉ VAS A HACER AHORA QUE ERES LIBRE AL FIN?”, interrogan los periodistas al unísono. “¡RESPÓNDENOS, OH, BESTIA INMUNDA!”
“Enseguida lo sabréis”, responde enigmáticamente el asesino múltiple.
Y se va.
Tras escasos minutos de caminata por una solitaria carretera, el asesino múltiple se encuentra con tres hombres en el arcén. Tres hombres calvos que están fingiendo revisar un coche que finge estar averiado. Con los brazos en jarras y una expresión de concentración inverosímil en sus rostros. Como si en lugar de un coche fuese un problema metafísico. El sexto sentido del asesino múltiple, inherente a su naturaleza esencialmente inhumana, le informa de que los tres calvos son en realidad asesinos múltiples. Como él, pero sin pelo.
El asesino múltiple sonríe con mezquindad calculada.
“Perdonen”, dice dirigiéndose a los calvos. “¿Han tenido ustedes un contratiempo mecánico o, por el contrario, son asesinos múltiples recién puestos en libertad que planeaban saltar sobre mí y descuartizarme?”
Los tres calvos miran fijamente al asesino múltiple.
“Lo segundo no es lo contrario de lo primero”, dice uno de ellos. “Quiero decir, ha establecido usted una oposición falaz…”
“¿Significa eso entonces que son ustedes asesinos múltiples?”, pregunta el asesino múltiple haciendo gala de sus buenos reflejos.
Los tres calvos quedan en silencio. Uno de ellos suspira. Después suspira otro. El tercero no suspira ni hace ruido alguno; sólo tras unos segundos de tensa aclimatación, se atreve a preguntar con expresión temerosa:
“¿Es usted psicólogo?”
“No”, dice el asesino múltiple, y procede a presentarse. “Yo también soy un asesino múltiple”, dice. “A mí también acaban de soltarme.” Los cuatro asesinos múltiples celebran el encuentro y, casi instantáneamente, forman una asociación. Una asociación asesina y múltiple…
“Para ser sinceros, yo también soy violador”, dice uno de los calvos. “Es más: para mí, lo del asesinato es algo simplemente eventual. Aunque, bueno, ya sé que os importa un huevo…”
Los demás asesinos múltiples no contestan. No sabrían que contestar; no entienden de violaciones. El asesino múltiple original señala un pueblo que se ve desde la carretera.
“Vayamos allí”, dice. “Y matemos.”

Inserto: «BIENVENIDOS A MACONSHO»

En la entrada del pueblo se cruzan con un viejo que conduce un tractor. Al avistarlos, el viejo salta del tractor en marcha y rueda aparatosamente por el camino de tierra durante varios minutos. Los asesinos múltiples se detienen y aguardan a que algo ocurra, revolviéndose con inquietud en una tierra de nadie a medio camino entre la impaciencia y la indignación. El anciano se levanta al fin y, sacudiéndose el polvo de su peto de mezclilla, dice con acento apenas inteligible:
“¿Quiénes sois y qué hacéis en mi pueblo, hijos de una maldita puta?”
“Hemos venido a matar”, dice el asesino múltiple original. “Es lo que hacemos. Igual que los lémures, los narvales y las pulgas playeras, somos esclavos de nuestra naturaleza.”
“Es gracioso que digas eso, desconocido de mierda”, replica el viejo. “Pero ahora os ordeno que os marchéis. Este pueblo no puede acoger a más personas, asesinas o no. Ya tenemos nuestros propios problemas. De hecho, tenemos todos los problemas del…”
La perorata glosolálica del viejo se ve abruptamente interrumpida cuando un perro de presa salido de la nada le atraviesa el tronco usando su propia cabeza como proyectil; las fauces ensangrentadas brotan del pecho pellejudo y desgarrado en una escena de resonancias octavopasajerescas.
Los asesinos múltiples huyen horrorizados.
Se esconden en un bar. Agazapados junto al ventanal, ven pasar de largo a la jauría de perros de presa sedientos de sangre. Cuando consideran que el peligro ha remitido, el asesino múltiple original va a la barra y pide cuatro consumiciones.
“¿Con o sin burundanga?”, pregunta el camarero.
Con.”
Los cuatro asesinos múltiples ocupan una mesa y consumen sus bebidas en silencio. Con los rostros parcialmente cubiertos por sombras. Intercambiando cada pocos segundos esas clásicas miradas conspiradoras que caracterizan a los asesinos múltiples recién liberados. De repente, alguien llama su atención.
“Eh. Vosotros.”
Los asesinos múltiples se vuelven hacia la mesa de al lado. Sentados a ella hay dos hombres muy blancos, muy rubios y vestidos con bañadores, chanclas con calcetines incorporados y camisetas interiores de tirantes.
“Hemos oído lo que decíais…”, dice uno de los extraños humanoides.
“No estábamos diciendo nada.”, dice el asesino múltiple original.
“Da igual”, replica el lechoso individuo haciendo un ademán exasperado. “Somos criminales, igual que vosotros. Nuestro sexto sentido inhumano nos permite reconocer telepáticamente a nuestros semejantes. Somos moldavos.”
“¿Moldavos?”
La criatura nívea asiente con la cabeza; sus ojos azules son los ojos de la muerte.
“Asaltadores de chalés”, aclara.
Se produce un gran suspiro colectivo de entendimiento. Los cuatro asesinos múltiples y los dos moldavos juntan mesas y discuten acerca de nuevos horizontes de futuro. Acuerdan formar una asociación aún mayor. Una asociación asesino-asaltadora y múltiple...
Después de camuflar en sus sillas varias jeringuillas infectadas con el VIH, los seis salen del bar ciegos de vermú y burundanga y se dirigen al chalé más cercano. Antes de empezar a escalar los muros, el líder moldavo los detiene y los alecciona:
“Recordad: sobre todo, coged tantos perros de presa como podáis.”
Los asesinos múltiples y el otro moldavo asienten en silencio y con expresión comprometida. El líder moldavo asiente también.
“Adelante, hijos de un dios menor.”
Los seis hombres saltan el muro.
“¿Qué cojones es esta puta mierda?”, chilla el ama de llaves dominicana cuando ve a los seis hombres con los rostros cubiertos con pasamontañas irrumpir en el salón haciendo aspavientos, soltando gritos animales, destrozando piezas del mobiliario innecesariamente.
“¡Cállate y no te pasará nada!”, le grita uno de los asesinos múltiples calvos, su alopecia ahora cubierta decorosamente por el pasamontañas. “¡Al menos, hasta que llegue la parte de la violación y el asesinato!”
Sobreviene una discusión. Gritos en español, en moldavo, en idiomas inventados sobre la marcha. De repente alguien impone silencio sutilmente mediante un siseo prolongado. Los hombres y la dominicana se vuelven hacia el lugar del que ha venido el siseo y se encuentran con un anciano sentado enfrente de la enorme televisión del salón. El anciano lleva batín aristocrático y fuma en pipa. La luz de la televisión se refleja en su rostro añadiéndole una cualidad semialienígena. El anciano señala con la pipa en dirección a la televisión y dice:
“Echad un vistazo, maricones.”
Sintiéndose irremisible y estúpidamente embelesados, los seis hombres giran sus pasamontañas hacia la televisión. La hora del informativo. El presentador es un muñeco de mimbre de tamaño natural. Lleva una corbata de mimbre y un sombrero de mimbre. También lleva gafas de lectura, aunque no es posible entender por qué ya que no tiene ojos. Imitando a la perfección la voz de Matías Prats hijo, el muñeco de mimbre anuncia:
“La Oleada de Gripe Increíblemente Virulenta llegará a nuestro país en cinco, cuatro, tres, dos, uno…”
El anciano aristocrático, el ama de llaves dominicana y casi todos los hombres enmascarados empiezan a estornudar y toser al instante. Sólo el asesino múltiple original se siente razonablemente saludable, así que descuelga una ballesta de la pared y empieza a dispararla contra todo y todos, introduciendo un interludio gratuitamente gore en la narración. Después va sacando los cadáveres al jardín y los amontona unos sobre otros. Regresa al salón y se sienta en el suelo, enfrente de la televisión. Ve el noticiario de la Primera. Ve el noticiario de la Dos. Ve el noticiario de la autonómica. Ve el noticiario de Antena 3. Ve el noticiario de Tele 5. Ve el noticiario de Cuatro. Ve el noticiario de la Sexta. Ve el noticiario de la MTV.
Se levanta.
Se va.
Se pone a considerar la posibilidad de secuestrar un autobús, pero la falta de componentes homicidas de la idea hace que no se sienta capaz de llevarla a cabo, por lo que decide joderse y esperar el autobús como todos los demás. Cuando el autobús llega por fin, sube a bordo y se dirige al conductor de forma amenazante.
“¡Al aeropuerto, maldita sea!”
“Esto no es un taxi”, repone el conductor, impasible. Y, señalando un papel descolorido pegado en su ventanilla: “Mi hoja de ruta indica claramente que tengo una serie de destinos prefijados.”
“De acuerdo”, admite el asesino múltiple original. “¿Es el aeropuerto uno de esos destinos?”
“Sí.”
“Ok.”
El asesino múltiple original se sienta delante de dos homosexuales acaramelados; no necesita esforzarse para escuchar cómo uno de ellos le dice al otro:
“¿Sabes, Mario? Estoy deseando que nos casemos para dar comienzo a nuestro plan de homosexualizar a la sociedad.”
“Yo también, Julio”, responde el otro homosexual. “Sólo espero que tengamos suerte y nos permitan adoptar a un bebé sano para joderle la cabeza a nuestro antojo.”
El asesino múltiple original cae en un plácido sopor.
Un par de paradas antes de llegar al aeropuerto el autobús se detiene de improviso. Las puertas se abren y una banda de ultraderechistas irrumpe al grito de “¡Los autobuses para los españoles!” El público los abuchea. Los ultraderechistas inician una batalla de tartas de crema. Cunde el desconcierto. El asesino múltiple original se despierta y, sin entender, baja del autobús y echa a correr campo a través, hacia el aeropuerto. Por el camino se cruza con una mujer; aunque ni siquiera se rozan, en el momento en que uno pasa junto al otro la mujer da un salto mortal hacia un lado, hace varios tirabuzones en el aire, y se estrella contra el suelo fracturándose unos cuantos huesos. Después se levanta y echa a correr hacia el juzgado más próximo, donde interpone una denuncia contra el asesino múltiple original por violencia doméstica telequinésica. 
Al llegar al aeropuerto, el asesino múltiple original se encuentra con que un hombre de mediana edad vestido de botones le está esperando.
“Tome”, dice el botones tendiéndole un sobre. “Es la sentencia de una denuncia por maltrato.”
El asesino múltiple original abre el sobre. Lee la sentencia. Lee el nombre de la denunciante.
“Yo no conozco a esta mujer”, dice.
El botones se encoge de hombros.
“El orden y la conexión de las ideas es lo mismo que el orden y la conexión de las cosas”, dice con una sonrisa coqueta.
“El orden…”, empieza a decir el asesino múltiple original, pero el botones detona una bomba de humo y desaparece en medio de un chillido de delfín.
El asesino múltiple original da una palmada, hace un paso de claqué y sigue corriendo hacia la terminal.
La megafonía del aeropuerto anuncia que hay huelga de controladores aéreos. El público grita. La megafonía del aeropuerto anuncia el sueldo medio de los controladores aéreos. El público empieza a hablar en lenguas muertas. La megafonía del aeropuerto anuncia que el noventa por cien de los controladores aéreos acaban de ser ejecutados sumariamente y que el resto han sido sustituidos por aves exóticas traídas del Nepal. El público empieza a levitar y a desdoblarse astralmente y a experimentar otro tipo de episodios incompatibles con las leyes naturales.
“¡Escuchadme!”, dice el asesino múltiple original, rodeado por un grupo de pasajeros que están vomitando clavos, taladradoras y otros artículos de ferretería en medio de un gran fervor secular. “¡Cojamos esos aviones nosotros mismos!”
Gran Rugido Aprobatorio.
Los pasajeros invaden las pistas de aterrizaje. El ejército está esperándolos con las armas a punto, pero justo antes de abrir fuego a discreción el oficial al mando recibe un teletipo de la agencia Efe:
“La Ciencia acaba de demostrar que es perfectamente posible que una horda de civiles sin conocimientos específicos tomen una flota de aviones comerciales y los despeguen, piloten y aterricen sin el menor percance.”
Muecas de asombro admirado entre el personal militar. Encogimiento castrense de hombros...
Los pasajeros empiezan a secuestrar aviones. La mayoría de ellos se estrellan incluso antes de haber despegado. Uno de los aviones explota sin que nadie lo haya abordado. Otro despega sin que nadie lo esté tripulando.
“El orden y la conexión de las ideas…”, murmura febril el asesino múltiple original, y su avión se despega del suelo.
Un par de minutos más tarde, el avión está zarandeándose peligrosamente, atrapado en una tormenta de aerolitos.
“¡Tiene que hacer algo!”, grita una escultural mujer en top less que acaba de irrumpir en la cabina. “¡Nuestras vidas dependen de usted!”
Aunque el asesino múltiple original intuye que hay algo intrínsicamente equivocado en lo último que la mujer le ha dicho, termina accediendo a regañadientes e intenta establecer contacto con la torre de control.
“¿Torre de control, me escuchan?”
Silencio.
“¿Me escuchan, torre de control?”
Graznidos de aves exóticas.
“Torre de control, por lo que más quieran…”
Estática. El aullido triste y solitario de un perro de presa.
El avión se estrella.
Las ambulancias de los servicios de salud privada llegan treinta segundos después del accidente; las de la salud pública no llegan nunca. Sin embargo, los hospitales de la salud privada están llenos, así que las ambulancias vomitan a los supervivientes frente a un vertedero en cuya entrada hay un cartel de madera en el que alguien ha escrito: «OSPITAL PÚVLICO».
Las ambulancias salen quemando ruedas.
“El orden y la conexión de las cosas…”, masculla el asesino múltiple original tirado en el suelo, bañado en sangre y excrementos de la cabeza a los pies.
Dos doctores con aspecto de figurantes de Mad Max salen del vertedero y cargan el cuerpo del asesino múltiple original sobre el lomo de un burro.
“Espero que podamos salvarlo”, dice uno de los doctores. “Ya sabes que desde el Efecto 2000, nuestro equipos nunca llegaron a recuperarse completamente…”
El asesino múltiple original es trasladado graciosamente al único quirófano libre: un cráter misilístico con varias tumbonas de piscina. A través de un ojo entreabierto, observa el material quirúrgico con el que va a ser operado: una revista Pronto, dos matamoscas y un exprimidor de naranjas.
En medio del delirio producido por el dolor y la desesperación, el asesino múltiple original empieza a distinguir una esfera de luz flotando por encima de su cuerpo. Y dentro de la esfera, el rostro del que identifica rápidamente como Baruch Spinoza, el famoso filósofo racionalista holandés.
“¿Qué va a pasarme, Baruch?”, gimotea el asesino múltiple original. “¿Voy a morir?”
“Sí”, dice Spinoza. Y luego: “Ya sabes que el orden y la conexión de las cosas, blablabla...
Y desaparece en medio de un chillido de delfín.
El asesino múltiple original sufre un estremecimiento al intuir lo inefable. La revista Pronto empieza a emitir pitidos cada vez más urgentes.
“Lo estamos perdiendo, ¡joder, vamos a tener que empezar de nuevo!…”
Los aguerridos doctores forcejean con el cuerpo agonizante, los matamoscas haciendo ruiditos eminentemente masturbatorios, el exprimidor de naranja soltando generosos chorros de zumo. A lo lejos, los gritos de los ultraderechistas: ¡Los hospitales públicos disfrazados de vertederos, para los españoles! El pitido de la revista Pronto se interrumpe por una fracción de segundo, y entonces…
“Oh, no.”
Fin del episodio. ¿Conclusiones? Alma evacuada. Desánimo profesional. Frialdad catedralicia. Zumo de naranja de la mejor calidad y recién servido, ahora hasta con un cinco por ciento más de zumo. Simulacros dentro de un simulacro. ¿Maconsho? McCombs-Shaw.

Un asesino múltiple sale de prisión tras haber cumplido su condena…

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