miércoles, 10 de abril de 2013

TROMBO curtido

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por Marco Antonio Raya


El enorme lagarto espera una intromisión real de los párpados nucleares de la Monstruo-niña pus, porque enarbolados e introducidos con la adecuada presteza, salvo mandíbulas, crearían el famoso efecto “paraguas abierto dentro de la casa” y podría ser enviado de vuelta al hogar, tan lejano ahora, tan añorado, reptil, el hogar.

La infección que es los ojos de la pequeña, camina con vaporosas alas extendidas, una lechuza de metros y gasa orgánica de puro remordimiento, significante de sus propios padres que le gritan: tú no puedes, tú no eres hija nuestra, pequeña perra, pero ella va y se entera de la misa la mitad en medio de la kata sagrada del golpe inverosímil. Porque lo ha hecho, como se esperaba, sin saber, sin conectar la cabeza con el plano terrestre. En medio de la proyectada infección que sorprende, aún deseando, al cocodrilo mutado, carne y cerebro alterado genéticamente a su pesar.

Posición de lagarto, pues, que espera el golpe de gracia de la colonia milenaria de bacterias que acometen el torrente de su sangre, en el placer aeróbico de una risa medieval. La niña aún no sabe cómo ha podido alcanzar este punto de la historia, este golpe a su infancia. No lo ve. Sus ojos han sido sacrificados para el arma perfecta de esta mierda de guerra. Una batalla invisible que nadie está viendo, agarrados todos a sus sexos, a sus hijos. A sus miserias. Todos chupando en casa las cabezas de los conejos que desearían triturar.

La Monstruo-niña y el Lagarto terminan destrozándose las bocas. La infección corre a sus pies y los testigos que no son le llamarán a eso la lluvia. Lluvia que se ha de beber. Agua que ha de germinar. Sacrificios inútiles para millones de cerdos que viven en una dimensión paralela, ajenos a esta dinámica de dioses infinitos.


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