por Gabriela Alemán
A
los dieciocho años fui al médico por un resfrío y, el deficiente mental que me
atendió, en lugar de curarme, me
abrió los ojos a otra dimensión. Me clavó una inyección que hizo que pudiera
ver el torrente de detritos que corría por las venas y arterias de todas las
personas con las que me cruzaba. Sin que lo supiera entonces porque, cuando me inyectó, solo comenzó una
proyección de sicodelia que nunca ha cesado y que solo pude descifrar, quince
años después. Antes de eso pensé que había enloquecido y, luego, unas pocas almas
caritativas me intentaron convencer de que dejara las drogas. Lo único que
lograron fue que me lanzara sobre los alucinógenos y que flotara sin guía durante años sobre una nube de
enorme toxicidad, tratando de lograr un nirvana inducido que neutralizara mis
visiones. El único efecto positivo que saqué de esos años, en los que ni
siquiera recuerdo quién me ataba los cordones, fue que mi percepción cambió. Yo
no era el problema, el problema era la inyección. Una vez que lo entendí fui a
buscar al doctor, solo que su consulta ya no existía y ni siquiera estaba el
número que recordaba en la calle. Lo siguiente que hice fue entrar a un centro
de desintoxicación (aunque siguiera recibiendo palos por mis visiones). En esos centros no escuchan. Saben de trabajo manual
para ocupar el cuerpo, castigo para desensibilizar el alma y rutinas. A nadie
le entraba en su rutina que yo viera minúsculos almohadones rojos
atropellándose por miles dentro de las yugulares de la gente que pasaba a mi
lado o flores esponjosas de diente de león flotando incómodas dentro de ese mismo
torrente o medusas púrpuras afianzando sus tentáculos de hilo ultravioleta alrededor
de los minúsculos almohadones escarlata. No, la respuesta era que seguía
consumiendo; que después de las veinte horas de comunidad forzada, del trabajo
extenuante y las ganas de largarme de allí, yo encontraba la manera de esnifar
algo que luego no registraba cuando realizaban exámenes nada aleatorios en la
clínica. Pero saqué algo de mi presencia constante en la enfermería, me
permitió acceso a las fichas de los otros pacientes. Las enfermeras dejaban sus
historiales clínicos sobre las mesas de trabajo y a nadie parecía importarle
demasiado que los revisara. Total, era una drogadicta. Comencé a buscar
patrones en lo que veía para luego cotejarlo con las fichas. Especulé sobre
ello y comencé a suponer qué corría por las venas de la gente en el centro y,
lo mejor, su suerte me importaba un mojón. No me caían bien, hubieran mentido
sobre la muerte de sus padres para conseguir un favor o escupido sobre su mejor
amigo para lograr un cumplido de las autoridades. No me interesaban. Lo único
que me interesaba era lo que veía atropellándose por sus cuellos y brazos. No
fue rápido, ni fácil. Pero desde que comencé a hablar menos y, por eso, recibir menos
palos, las cosas mejoraron. Para cuando me dieron el alta, ya sabía qué era lo
que veía y, si hubiera sido una mejor persona o alguien a la que le importara
el avance de la humanidad, habría seguido una carrera médica o me habría
interesado por la investigación científica. No hice nada de eso; además, estaba
convencida que cualquier cosa que dijera, por más que aportara pruebas, sería
desechado. Tenía un don, no cientos de páginas de pruebas aprobadas por el FDA.
Y ni siquiera era un don, no sabía qué tenía. Quizá algún día alguien vendría a
reclamar lo observado.
Opté por vivir con ello, una se acostumbra a todo. Y todo estaba bien, de
verdad, aunque mientras pidiera una libra de patatas en el mercado, viera
mucosidades verdes que atrapaban los glóbulos sanos de la persona que tenía
enfrente (y supiera que era cáncer, que estaba avanzado y que la mujer no
ganaría nada sabiéndolo porque ya era demasiado tarde). A veces, cuando notaba
los inicios de una enfermedad y pensaba que la persona podía hacer algo al
respecto (como escuchar a un extraño y creerle lo suficiente como para llegar a
un doctor a tiempo), abría la boca. No lo hacía demasiado seguido, me habían
zarandeado, insultado y golpeado lo suficiente como para recordar que a nadie
le gusta escuchar malas noticias y que si en algo nos distinguimos de los demás
seres vivos en el planeta es por nuestro alto grado de negación. No, no y no.
Era lo que más escuchaba cuando aún pensaba hacer una diferencia. Traté de
olvidar, de llevar una vida normal, de tener relaciones, trabajar, armar una
familia. Fracasé en todos mis intentos. Es fácil hacerlo cuando a tu lado pasa
una feria de carnaval de bacterias, virus y células atrofiadas que, con solo
atraparlas a tiempo, podrían revertir su carga mortal. Solo que, nadie quería
escuchar. Me olvidé de una vida ideal y comencé a trabajar en un gimnasio.
Mantener el cuerpo ocupado, calma la mente y la carga adicional de oxígeno, endorfinas y adrenalina hacía que, por una
vez, todos fueran iguales y que yo lograra
olvidar las diferencias. El superávit de información llegaba a un punto neutro
que me permitía respirar en paz y yo lo aprovechaba al máximo. En ese grado
cero de conciencia no me hubiera parecido raro levitar. Pasaron algunos años,
años en que mantenía mis conocidos a un mínimo y apenas salía. Y, aún así,
conocí a alguien. Vayan a saber cómo. Fuimos felices (nunca le conté lo que
veía) y luego no lo fuimos tanto. Para entonces comenzaba a tener problemas. Cuando
uno es joven, la muerte llega por accidente, es un evento extraño y
estrafalario. Y yo no preveía accidentes, detectaba enfermedades. Esas muertes pasaban
sobre mi cabeza sin ser registradas pero, luego, la gente empieza a enfermar. En un principio sigue
aferrada a una estúpida noción de inmortalidad y de que lo que le ocurre a los
otros, solo le ocurre a los otros. Hasta que comienza su carrera en picada y
tiene que aceptar que solo es cuestión de tiempo. Y acepta en su ignorancia. Yo,
en cambio, sabía y no solo eso, lo veía. Y callaba. Eso fue lo peor, no tener
con quién hablarlo. No tener a alguien que me diera perspectiva. Uno pensaría
que, llegado ese momento, sentiría que tenía una cierta ventaja sobre los demás.
Que sabiendo lo que sabía, ganaría. Que sabría la estrategia a tomar y ganaría
años. Bazofia. El tipo de bazofia que uno escucha una y otra vez hasta creer en
ella. El tipo de bazofia que repiten en el cine y reproduce la televisión.
Bazofia que anestesia contra la reacción más lógica. Quiero decir, si el
discurso del Hombre Araña no me logró
convencer después de escucharlo una docena de veces, con gran conocimiento viene gran responsabilidad, nada lo haría (arrastraba
tres veces por semana a mi marido al cine, solo a las películas filmadas en
alta definición o en 3D o con niveles nocivos de intervención digital; el
acetato no velaba el flujo sanguíneo, el digital lo detenía por completo. Era
un alivio ver a gente sin ver sus fluidos; la oscuridad, además, favorecía que no viera el de los que me
rodeaban). Una no gana tiempo, gana ansiedad. Yo sabía qué hacer con mi gran
conocimiento. Evitarlo. Y, cuando se volvió demasiado intrusivo, tuve una mejor
opción: correr. Que fue lo que hice cuando comencé a percibir los cambios en
los pocos, íntimos, amigos que tenía. ¿Qué? ¿No era suficiente notar como su
piel se volvía ceniza, sus párpados caían, su pelo raleaba? ¿Tenía que llegar a señalar sus
fallas? ¿Señalar a esos cuerpos queridos que rechinaban antes de fundirse? No,
claro que no lo iba a hacer. Ni siquiera tomé una decisión y la seguí hasta sus
últimas consecuencias. No, una noche salí a la zona a caminar, fue una caminata
larga, me perdí por sus callejones más oscuros, dejé el circuito turístico, fui
asaltada por cuatro bazuqueros y abandonada cuando vieron la intensidad de mi
mirada. Cerca de las dos de la mañana lo
encontré, supe que era él antes de que me atajaran las pequeñas bombas de
tiempo que recorrían su cuerpo como un abismo. Había sido precioso, aún se
podía notar. Sus pómulos seguían sujetando de una forma exquisita a su piel y
cuando lograba olvidarse de sí mismo, sus ojos brillaban como estrellas sumergidas en
una laguna sin fin. Solo que ahora, al avanzar, se aventuraba hacia un
barranco oscuro y nadie lo miraba a los ojos para evitar sus heridas y los rostros giraban asqueados
apenas lo distinguían. Sentí esas puñaladas, una a una, como las sentía él. Me
acerqué y le invité a un trago.

Buscó un rastro de burla, algo que me delatara
y solo cuando se aseguró que nada de eso acompañaba mi invitación, aceptó. Fue
fácil olvidarme de las minas multicolores que recorrían su yugular, su piel era
tan fina y delgada sobre su rostro que toda su cara se iluminaba como el techo
de una feria de pueblo. Ya lo dije, lo vuelvo a repetir, brillaba (tanto o más porque
estaba a minutos de extinguirse). Hacía mucho tiempo que no escuchaba el genio de
alguien desenvolviéndose con tanta ligereza ni me reía con tanta fuerza. Sus
defensas acabaron por caer y, en este mismo momento, no sabría decir si acerqué
mi mano a su rostro porque quería precipitar mi caída y llevar a todos los que
quería conmigo o, solo me dejé llevar por el momento. Cuando metí mi mano entre su pelo y parte de
él se quedó en mis dedos, no me asusté. Simplemente dejé de hacerlo y tomé su
mano. No sé cuánto tiempo pasó antes de que estuviéramos dentro de la
habitación de un motel. Una vez arriba, paramos, pero él necesitaba que alguien
lo acariciara y yo, no sé qué necesitaba. Pero sí sabía qué quería y el
ambiente era demasiado sórdido como para obtenerlo. Lo saqué de ahí, lo metí en mi
carro y lo llevé a Papallacta. Llegamos de madrugada y nos metimos en un lecho
de agua caliente donde la temperatura rondaba los cuarenta grados e hicimos el
amor hasta que salió el sol y las puntas nevadas de los Illinizas sobrevolaron
las coronas de nuestras cabezas sin que se nos ocurriera parar. No cogimos, no
lo hicimos porque antes de comenzar me miró a los ojos y preguntó si quería que
usara un condón (ya sabía la respuesta, había visto mis ojos). Lo dejé donde me
dijo que lo dejara al volver a la ciudad y me dio su teléfono. No pidió el mío. Los días siguieron y a la respuesta
previsible de mi marido, que reclamó y me insultó, siguieron días de
reconciliación. Con él sí cogí, como si no me importara, como si lo que hiciera,
lo hiciera una demente con Alzheimer que no recordara nada de lo ocurrido días
atrás. No hay manera de reclamarle a un enfermo de memoria, es como lanzar un
plato de mierda contra un ventilador. Pasaron los días y llamé al hombre, que
no dejó de toser durante toda la conversación, quedamos en un hotel-restaurante hundido
en las entrañas del Pichincha. Cerca de
la boca del volcán le conté lo que veía, lo que veía todos los días desde hace
treinta años, y pedimos una habitación. Ató un pañuelo sobre mis ojos y amanecimos
juntos, latiendo como dos bombas de tiempo. La suya detonó primero. La
siguiente en explotar fue la de mi marido, a la que siguió la de una amiga
distante que nos visitaba cada fin de año. ¿Quién lo hubiera creído?