por Colectivo juan de madre
L.V venera su colección de pañuelos. Los
guarda extendidos dentro de fundas de vidrio, en tanques de criogenización
reversible. Posee centenares. La mayoría de pañuelos quedan adornados por
bordados y costuras, otros son meros trozos de pobre tela blanca. La característica
que todos ellos comparten son las manchas rosáceas de sangre seca y gitana.
Algunos tienen un par de marcas, otros cuatro; L.V presume de un pañuelo con
seis rastros de sangre vieja.
Los compra a cualquier precio. Normalmente
cuestan varios miles de euros. “El coleccionismo de pañuelos está en auge. La
demanda está desbordada”, explica L.V. “De ahí los precios”, añade después.
Abre un tanque de criogenización y extrae una de las fundas de vidrio.
Introduce la funda en el dextorno. Abre la carpeta ya descriogenizada y saca el
pañuelo poco a poco. “Así se conserva incorrupto, como reliquia de santo”, dice. Después
extiende la tela, que tiene flores azules cosidas en sus cuatro esquinas. En
uno de los laterales se puede apreciar una breve mancha, pero es en el centro del pañuelo donde está la marca
mayor. Es como el rastro de una pequeña rosa descolorida. L.V lo huele, y calla
un leve gemido. “Estos tesoros se utilizaban en uno de los rituales gitanos. La
tradición se diluyó hacia finales del XXI”, explica L.V, “pero hasta entonces,
toda mujer gitana que quisiera conservar su honra, antes de casarse debía
demostrar su virginidad con un pañuelo”. Conecta su pantalla y abre unas
video-imágenes en dos dimensiones, captadas hace un siglo. En la secuencia visualizada
una muchacha está sobre una mesa, rodeada de mujeres gordas con trajes largos.
La muchacha tumbada se remanga la falda y llora. Entonces una señora con un
pañuelo se acerca a ella. En la imagen los genitales quedan pixelados.

“La del pañuelo es la jardinera”, aclara
L.V, “Era la encargada de introducir con el dedo el pañuelo por el orificio
vaginal de la doncella. Se suponía que si llegaba virgen al matrimonio, habría
sangrado”. En la pantalla la muchacha tumbada emite alaridos de dolor, o de
terror. La jardinera retira ya el bordado y lo muestra a las mujeres de la
sala, todas aplauden ante dos marcas rojas.
L.V descrioniza otro de sus pañuelos. Lo
deja sobre una mesa, y lo mira hipnotizado, señalando una de las manchas. “Es
sublime”, dice. “Estas señales me resultan como aquellas láminas de Rorschach;
aunque en este caso la diagnosticada es la remota propietaria de la sangre.
Según el tamaño, el tono y las formas que adquirió la marca es fácil evocar aquella
vagina penetrada. Adivinar su vello púbico. La forma de sus labios”, explica L.V.
“Cuando uno sabe apreciar la escultura
final, es difícil ver atractivo en el molde que le da origen. No sé si me
explico”, termina por decir.