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miércoles, 20 de marzo de 2013

UN DETECTIVE AGOTADO


ALEPHLa Mayúscula es cuando se cruzan por la mente cada uno & todos de los titulares con los que la prensa adornaría los fotogramas retinianos —ergo intransmisibles— que acabaremos por regurgitar en los días sucesivos & coetáneos & hételos aquí: «Poema que se hablara así en las mansas hecatombes» & «Pedigüeño rígido del surco atroz, senil» & «Pentagrama empírico de los aleros» & «Obras lentas o la tragedia del firme todavía no lo bastante asentado» & «SOBRECARGA!» & «Cables pelados sueltos nos lo hicieron despegar» & «Roast beef lo llamarán los niños del futuro». Los que ahora os acerquéis al cuerpo, tendido & humeante como un renglón a doble espacio entre los escombros de las obras del voluminoso aparcamiento inmortal, viviréis con esa cara en absoluto ignífuga encriptada en vuestras conmovidas cejas enarcadas para siempre, como el limpiaparabrisas de un gran Audi® víctima selecta del fallo de la batería o el motor gripado o del impacto del cuerpo de éste el enésimo Secretario que sucumbe a la flamante carrocería del Recorte Presupuestario en el parque móvil madrileño & que da un respingo & aterriza finalmente condenado por la maldición aparcada de esta pregunta que es tan subterránea cuando dice «¿Cuándo?» & algo así es cómo nos lo están contado & al menos algo así es tal y cómo yo lo quiero recordar/

domingo, 17 de marzo de 2013

EL COBARDE ASESINATO DE THOMAS STEARNS ELIOT A MANOS DEL TRAIDOR ANTONIO MACHADO EN PARÍS

originalmente publicado en Black Pulp Box
Siempre que trato de contaros esta historia me imagino la prolongada felación que la mulata al servicio como ama de llaves de Henri Bergson aplicaba a su patrón, ay, hijos míos, justo cuando los gendarmes acudían a un número hoy borrado de la Rue Percival para dar noticia de la desgracia sucedida entre aquellos dos alumnos extranjeros y también, ¿por qué negarlo?, pedir algún tipo de asesoramiento al célebre maestro cuyas conferencias revolucionaban por aquellos años el alma, hasta los adoquines, de París.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Ángeles Caso... por Ramón Masca


ÁNGELES CASO
Por Ramón Masca

«Las ecuaciones actuales de consumo y superpoblación han permitido despejar la incógnita de cuánto tiempo le queda al ser humano antes de tener que recurrir a prácticas de canibalismo, y preparar esa forzosa transición con el ordenado e imprescindible civismo que nuestra sociedad merece», arrancaba aquella pieza del Telediario del veintiocho de diciembre de mil novecientos ochenta y cinco, introduciéndola Ángeles Caso con esa belleza transparente que uno buscaría años más tarde en las últimas compañeras de la Secundaria y los primeros cursos de la Facultad, en balde y sin venir aquí a cuento más allá de sus ojos castaños impertérritos en una época durante la que las bromas navideñas no eran lo más habitual en la televisión pública, así que en un primer momento mucha gente no supo qué pensar, ponía la radio, sólo sintonizaba un bucle de cuñas publicitarias que no parecía tener fin en la rueca del dial, lo cual visto en perspectiva era lógico, teniendo en cuenta la primera hora de la tarde y la presencia de los niños en casa por las vacaciones escolares. ¿Cuántas personas de la franja de mediana edad, pongamos a partir de los cuarenta y cinco o cincuenta o cincuenta y pocos, escucharon y guiñaron en silencio, una sola vez, sus propios ojos, idénticos ya fuera de la algarabía puñetera o el silencio de la siesta en sus hogares —vencidos muchos de ellos, eso dicen, por el turno de mañana en las fábricas—, tomando así una determinación? A las siete y cuarto de la tarde, cuando el presidente del ente Radio Televisión Española, Miquel Benarroig, interrumpió la programación para dar explicaciones por sí mismo, a cara descubierta, ante la «inquietud» generada entre los ciudadanos por una noticia rigurosamente falsa, ni siquiera bien preparada, hecha, como quien dice, en dos minutos por un redactor de laboral al que le encomendaron el «marrón» (sic) al azar y cuyo nombre no trascendió hasta unas horas más adelante —cuando se suicidó estrellando una camioneta de la empresa contra la base de hormigón de Torrespaña—, una noticia que no tenía, en definitiva, otro viso de credibilidad que el que el buen hacer de Ángeles Caso clavaba a la pantalla como una chincheta, la Policía había contabilizado treinta y siete parricidios ya. Y ni siquiera había comenzado la auténtica aritmética. Suele decirse que entonces éramos «más felices» porque las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado se asustaban de estas cosas tanto o más que los propios, humildes, ciudadanos a los que les tocaba ser testigo; suele decirlo, precisemos, el señor Benarroig, que a día de hoy posee una productora cinematográfica cuyo teatro de operaciones principal es el mercado galo y está radicada en Haití, aunque de vez en cuando regresa, según los rumores, de incógnito a su Valencia natal e inspira documentales y capítulos piloto de series espoleadas al primer ránking de audiencias por el simple «pincho» de su nombre, tal y como lo expuso el tipo que le hizo una entrevista arriesgadísima para presentarle a los lectores actuales del ABC. Aunque las presentaciones sobren, porque parece muy aburrido ponerse a recordar todos lo detalles ahora  de como pasó de sonar con fuerza para «ministrable» del Ejecutivo de Felipe González a responsable de forzar la primera declaración de estado de sitio en España tal y como quedaba regulada en la Constitución de mil novecientos setenta y ocho, que recibió además su primera enmienda, con apenas ocho años de vida, para poder juzgarle y «dar ejemplo». De igual forma, todos los que compartían dicho edad recibimos nuestra primera enmienda por aquellos días, encogidos en el cuarto de estar con toda la familia con la televisión apagada o, directamente, taladrada por una patada de frustración; y esto en el mejor de los casos, porque también todos, absolutamente todos, supimos de un amigo del colegio o de al filo de la calle que se las pasó, las horas densas de miedo como una tectónica de placas, abrazados a la cañería y conteniendo la respiración bajo el armario del fregadero mientras su padre o su madre o su abuela o su abuelo recorría la casa con los ojos prisioneros de una determinación «definitiva». Y esto también, lo repito, «en el mejor de los casos». Desde entonces se debe de haber analizado diez mil veces la emisión —incluyendo la tersura incontestable del rictus de Ángeles Caso— en el marco de juicios, comisiones parlamentarias de investigación o reconstrucciones para telefilmes, sin que nada haya podido vislumbrarse que explique de forma satisfactoria —es decir: despojando de culpas a las partes supervivientes tanto como ya lo están  los muertos— más allá de lo que dijo Benarroig, alojado en una celda de cristal como un mandril del zoológico durante la vista pública del caso: «Ellos se lo creyeron». Estaba acusado como «motor intelectual» de doce mil seiscientas cuarenta y nueve muertes, hipérbole que finalmente quedó reducida a una quinta parte y no incluyó los incidentes provocados por «determinados elementos radicales» de la sociedad española que interpretaron, erróneamente, los hechos desencadenados como «síntoma» de alguna suerte de Revolución, hasta que fueron cuidadosa, casi quirúrgicamente extirpados de la realidad nacional durante las refriegas salteadas por las calles sin que nunca nadie se aclarara con sus respectivas cifras; o eso cuentan. Pero también cuentan que dichas acciones venían, por así decirlo, «castradas» de origen, cuando nadie estaba realmente a salvo y cualquiera podía ponerte una pistola en el mentón o descastarte la nuca con un adoquín y había que esconderse de tus mayores, que en los últimos tramos de la debacle, cuando despegaron los grises jets diplomáticos de la base aérea de Torrejón de Ardoz, acabaron con las bocas llagadas de linfa y tuétano de los huesos recién quebrados de los niños. Como se ha apuntado, para entonces nadie ya estaba viendo la tele y practicamente nadie volvió a verla hasta un mes más tarde, cuando Manuel Fraga juró ante Su Majestad el Rey como jefe del Ejecutivo de coalición junto a Adolfo Suárez, llamado a partir de entonces «El Posible». Aunque las pruebas contra Benarroig fueron endebles y el proceso tachado de «farsa revanchista» antes de acabar por los importantes medios internacionales, que reivindicaban el papel «heroico» de los empleados ente público, desde el redactor suicida arriba mencionado, hasta la propia Ángeles Caso encaramada a la madrileña fuente de Cibeles, a despecho de las balas y mordiscos, para locutar un nuevo desmentido, muy diferente al anterior de su ya ex jefe y que los tanques que recorría todas las calles del país fueron retransmitiendo por unos improvisados altavoces colocados en las torretas. Se fabula con que para redactarlo se recurrió a «intrincadas permutaciones cabalísticas» que trataban de «reconectar las sinápsis ontológicas» quebradas en el primer momento, pero cuando los expertos reprodujeron este último mensaje, en condiciones homogéneas de laboratorio, tampoco se percibió nada anormal. La técnica, difusa pero exacta. Lo cierto, lo único en lo que se puede estar seguro de no errar, es que hubo tiros y tiros y más tiros. Y más tiros —pero menos— a partir de entonces, porque muchos se arrojaban berreando con sus ojos arrasados en lágrimas contra las bayonetas acopladas a los fusiles militares. Las órdenes no cambiaron hasta seis horas después y nadie se culpó de ese retardo. Por su parte,  Benarroig asumió el veredicto, la grosera gravedad de una cejas pobladas de canas en pie en el centro de una sala enchancletada por el vapor de nicotina y otros gases retenidos entre el bullicio de la expectación de todos los presentes. «Fue mentira que llegaran a despertarme para verles desfilar en pelotón ante mi celda», juraría años más tarde ante el fotógrafo del periódico, sentado tras una enorme mesa de montaje que aún tenía atornillada una guillotina para el celuloide. Aún se reiría respondiendo acerca de aquella llamada supuestamente «de último minuto» que a él le sorprendió en mitad de un sueño «entrecortado, abstruso e inguinal» —como debía de verse por entonces y hoy en día, por qué no, muy todavía más, el somero telegrama de la Muerte— confundido con el abrazo rápido, rubor, del carcelero al ir a comunicársela con un guiño silencioso, prolongado y para una sola vez —quiero decir, definitivo—.         

miércoles, 21 de diciembre de 2011

En Todo Caso... por Ramón Masca

                 
         
     En Todo Caso
     por Ramón Masca


Esto —además— se trata de una broma. Pero supongamos que: «Hemos fabricado un tiempo negro y afilado, de la exacta calidad del hierro. De la propia Forja en la que El Dios nos hace el inmenso favor de su culo», tal y como riegan las pintadas fosforescentes que la saturación de oxígeno emitida por los aspersores hace parpadear en la fachada del Ministerio de Finanzas de la Madrileña República Regional de la SudCaucasia. «Ningún otro mensaje institucional a estas alturas lograría conmovernos», piensa la Secretaria General de Créditos y Condonados mientras el coche bordea el parque de césped azul prusia y, en algunas isletas, magenta. Ella es la que ha autorizado la campaña. Natural que se repita los argumentos a favor cada vez que pasa frente a alguno de los eslóganes. Y sí: estamos a veintisiete de septiembre del dos mil doscientos quince y aún hay coches —pero no neumáticos— y los Gobiernos todavía se preocupan por gustar. «Parábola de Mariposa. Si el suficiente número de gente gesticula a la vez un clic pueden hasta hacer que te deporten a Guang Zhou.» Lo dice la Constitución, la misma que también permite el descontento. «Es una pesadilla de Platón» se oye ladrar en ocasiones al Ministro de Cultura, aquel hombrecito breve y voluntariamente calvo que siempre elige la directriz «fracasa para convencer» cuando intenta que los artistas asuman con orgullo sus vivencias madrileñas y dejen de esgrimir orígenes extremeños, catalanes o vizcaínos a la hora del reparto de fondos de la Caucasia propiamente dicha. Internet no existe. Ni tal y como la conocemos ni tal y como nos la imaginaríamos. No es este el problema. El problema es que tampoco existe el Mundo propiamente dicho y cada uno de los cerebros funciona como terminales inalámbricas desde las que, en potencia, se transmite y se recibe mutamente Todo, si así se desea. Y créeme que se «desea». En esta vida hay adolescentes y parejas del tipo maduro, solo, que cruzan dos miradas y se ponen a follar como si llevaran amándose toda la vida, aunque el sexo en público se acaba de prohibir de modo oficial tras un desastroso escarceo de libertinaje diplomático que el cantón de Londres denunció ostentosamente a las autoridades continentales de la Competencia. Hubo así que devolverles a su Embajador, tras reintegrarle el juego de siete mordazas de cáñamo que le acompañaba —aunque la Secretaria General de Créditos y Condonados y otros tantos Altos Funcionarios no han olvidado aquel sabor rugoso contra la lengua—. Supongamos —ahora es la ocasión para editar «Lo Venidero» con la relativa sencillez de un procesador de textos—, vámonos a ser correctos: el veintisiete de noviembre del dos mil doscientos quince, la última carcasa orbital ladró su incandescencia hasta estamparse en el Mediterráneo. «'Ante las puñaladas del azar', la inmensa meseta verde gimió un vapor de horno babilónico y los ángeles incandescentes medraron su lecho —fue el poema final—», tecleó el Ministro de Cultura, aburrido del horror de los noticiarios insertos en los capilares sobre su pupila, escupiendo puntualmente sobre la pantalla de córnea que le brindaba el verso de Henley para jugar a una especie de piñata lírica a la que no le prestaron la menor atención. «En cualquier caso» fue la locución que los portavoces del Comisariado de la Comunicación emplearon con mayor frecuencia durante la crisis para coser párrafos que trataban de no alarmar de manera innecesaria a la población, sino de señalarles que las probabilidades de que un pedazo de chatarra caiga a veinte mil kilómetros por hora encima de su casa, en concreto sobre el hábitat de seis metros cuadrados del retrete eran «inconmensurables». «Estadísticamente». De ridículas, querían decir. Esto es de lo que voy yo. De que uno tiene que marcar distancias [por ejemplo, elegir la palabra Caucasia y sus protectorados satélite como una reducción al absurdo de toda geografía. De hecho, él único topónimo válido que he logrado encontrar para compartirle a día de hoy en que escribo esta , nueve de diciembre del dos mil diez, es el que marca a una localidad colombiana, a la que da nombre el río Caucas —dialogar con Lo Venidero se parece muchísimo a dialogar con un río]. Porque la Secretaria General de Créditos y Condonados era ahora Ex Secretaria General de Créditos y Condonados, que es de lo segundo menos bueno que se puede ser cuando las históricas lanzaderas suman en milésimas de segundo todo el óxido que la atmósfera, rencorosa, les tenía jurado por escabullirse en los altos de las órbitas y ahora su chirrido no es tan solo fuego, sino que incluye la vejez como sinónimo de aplauso cuando la biotecnología se promete llegar a doscientos veinte años de vida, algo que tampoco es necesariamente bueno. Así que se toma una taza de café y mira por la ventana las obras de la gran pagoda de neopreno que se alza en el centro de Madrid y aún no tiene nombre, para evitarse influencias nefastas: esto no es superstición, es el consenso de analistas, y un suficiente número de ellos ha determinado que un nombre es necesario, pero puede postergarse hasta que la cosa sea suficientemente «fuerte» como para defenderse por sí misma. Mira a Caucasia y a sus puntos cardinales. Mira a la larva silenciosa y en perpetua beligerancia devorando sin alzarse a China, a la ingenua Comunidad Económica Europea, la Rusia NoImperial, Estados Unidos de América del Norte y el irreductible cráter de Japón (provincia de Perú). Mira a estas negritas y descubre la horrible pereza de mi sortilegio. Esto es «Lo Venidero» que puede invocarse o todo lo contrario —va en función de si quieres vivir doscientos veinte años—, por más que, en la vida real, la gente afronta su mañana y muere y trama una «poética» —lo quiera o no— en el sentido «aristotélico» del término. Además queremos tener claro que la Ex Secretaria General de Créditos y Condonados es llamada entre grandes aspavientos desde la cama por la voz, a cada hora más aguda, a cada tono más febril, más calva del Ministro de Cultura —más incandescente—. Del tipo maduro los dos, follan en un mueble que de cama sólo tiene el nombre y el canapé que da soporte a la balsa de pistones anatómicos que, en el breve tiempo que ella tarde en cruzar el pasillo, se aplican con sigilosa eficacia a un masaje de estimulación de próstata. Es una paradoja, pero todo el mundo quiere al Ministro de Cultura, que ha usurpado inadvertidamente —como larva— el nicho en el ecosistema de la gobernanza que ocupaba anteriormente el Ex —¿y quién no es un ex algo el veintisiete de enero del dos mil doscientos dieciséis?— Embajador de Londres y negocia con el goce inabarcable de su culo, su «inmenso favor», como si fuera el hijo predilecto de El Dios —que no lo es, tranquilos y tranquilas: nada hay de rigurosamente escatológico en este futuro siglo, salvo los cascotes— que la mercadotecnia política caucásica había pergeñado sólo unos meses atrás, cuando ni siquiera podían esperarse este desastre. Hay paneles de la paparrucha energética llamada fotoelectricidad que caen a ras sobre los bloques de edificio y los parten por la mitad —o en diagonal— hasta los cimientos mismos, pero poca cosa queda por hacer aparte de meterse en la boca un rugoso glande, típico de pajillero compulsivo o masoquista, y mover la lengua como hemos aprendido con los arcadómetros cuyas escalas de náusea tolerable asaltan al cerebro en conexión sin cable y cuando menos —si así quiere— se lo espera. «Para esto estamos bien» gime, en el instante antes de correrse con precisión blanquecina y salada, la cabeza libre de la monstruosa procesionaria de dos vagones que acaba de materializarse sobre la cama, sobre su engranaje eterno como una maquinaria proyectada por alquimistas invencibles que, por otro lado, con la boca llena lo tienen jodidísimo para reír o ser reídos. Y aunque, posiblemente, el giro supersónico de algo parecido que parece una parabólica tenga algo que decir sobre el divorcio de los seres, mejor que no le anticipemos la tragedia, al Ministro de Cultura. Permitámosle gozar de este último orgasmo. De estos dientes que todavía no se cierran en el espasmo de la muerte. Digámosle también, después de todo, cuánto lo sentimos y nunca, nunca le dejemos convertir esta disculpa en nada —más—.